Cuando una pérdida nos golpea, pareciera que el mundo se detiene. La rutina pierde sentido, el futuro se vuelve borroso y la idea de volver a sentir paz o alegría suena lejana o incluso imposible. Es normal. El duelo transforma no solo nuestras emociones, sino nuestra forma de ver la vida.
Cuando alguien cercano está atravesando un duelo, muchas veces no sabemos qué decir o cómo actuar. El miedo a lastimar, a incomodar o a no encontrar las palabras adecuadas nos puede llevar al silencio o al alejamiento. Sin embargo, acompañar no siempre implica hablar. Muchas veces, basta con estar.